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La gran paradoja de los creativos

Los artistas son paradójicos por naturaleza. Viven en el umbral de querer compartir su trabajo con todos y esconderlo. Caminan perpetuamente sobre la delgada línea entre inseguridad total y sentimiento de grandeza.  

Pero a mi criterio la paradoja más substancial del artista es su desprecio por las masas y la cultura masiva, o mainstream, y a la vez necesitar de ellas para poder subsistir. Es una relación complicada. El artista necesita de una masa crítica para poder vivir de su arte, pero una vez su arte alcanza la masa crítica, se tiene que adaptar a los gustos de lo cotidiano, y lo que lo hacía interesante en primer lugar pierde su esencia.   

El psicólogo Carl Jung dijo que existen dos tipos de personas. Las que están contentas de llevar una vida promedio. Y las que simplemente no pueden seguir ese “camino trazado” por la sociedad. La mayoría de los artistas, sin duda, entran en la segunda categoría. Pero las realidades del mercado, obligan a que su trabajo sacie los gustos de los que entran en la primera categoría.  

El artista necesita más que otro profesional, no solo ser competente, sino ser gustado por un grupo crítico de personas. Un médico, abogado, o ingeniero en sistemas no tiene que ser conocido para poder subsistir. Los que dedican su vida a las profesiones secas, pero esenciales, tienen el beneficio de solventar los problemas de unos cuantos y poder subsistir económicamente.  

Un abogado es bueno cuando puede resolver de manera contundente el trabajo que sus clientes lo contratan para hacer. Hay una definición muy específica de lo que constituye un desenlace positivo a sus servicios prestados. Lo mismo se puede decir de un plomero, o una azafata. Sin embargo, en el arte es distinto. A menos que sea por comisión y se tenga una descripción específica del resultado que se busca. El artista no es recompensado por un servicio prestado, si no, por lo mucho que gusta. Lo que los amarra a unas reglas económicas muy distintas.  

La mayoría de los artistas necesitan distribución masiva para poder subsistir. Una canción, un actor, un libro, tienen que alcanzar a una audiencia en escala para que haya un retorno positivo.   

Creación artística x audiencia = subsistencia del artista.  

Determinar la posición en la jerarquía social de cada uno es un objetivo esencial cuando dos adultos se conocen. Por eso es que cuando le comentas a alguien recién conocido que eres escritor, actor, etc, te hacen preguntas de seguimiento para determinar tu posición social. ¿Qué has publicado? ¿Dónde actuaste? ¿Qué películas has hecho? Las respuestas a estas preguntas determinan el nivel de distribución que tiene el artista, y a la vez su jerarquía social.  

Uno de los grandes conflictos psicológicos es encontrar en tu vocación la intersección entre lo que tu alma quiere hacer y la viabilidad comercial. Los que sienten esta contradicción con más angustia son los artistas. Toda su vida se basa en navegar este dilema. “Quiero hacer lo que quiero, pero eso no me da plata, por eso hago lo que el mercado quiere, y tengo plata, pero no lo encuentro significativo”. El alma del artista pide a gritos poder expresarse, la expresión se vuelve casi un mecanismo de supervivencia. Esta partitura interna puede ser muy dolorosa, pero con frecuencia el sentido de la expresión es secundario a las realidades económicas.  

Aquí es donde entran los mecenas. Los artistas tienen una relación particularmente complicada con el establishment, y en especial los ricos. El artista rechaza fundamentalmente el estilo de vida del rico — donde el principal objetivo es la expansión de patrimonio. Pero el artista necesita de los ricos. Es común que los artistas coqueteen con los grupos económicos establecidos, por una parte, y por otra parte representen al consumidor masivo. Warhol en las sopas enlatadas compradas por la clase media, comisionado por una corporación es el perfecto ejemplo de este concordato. 

Con frecuencia el arte se vuelve un vehículo de comunicación para las élites con las clases sociales menores y el artista un mero intermediario. La falta de agencia puede provocar resentimiento en el artista, pero asegurar el apoyo de los grupos de poder económico representa seguridad — un sentimiento que generalmente los elude. El artista entonces se involucra en una dinámica tóxica. Por un lado, se quiere deshacer de sus patrocinadores porque está listo para responder al “llamado a la vida”, pero por otro lado no se puede desligar de la seguridad que ellos le ofrecen. Similar a lo que experimentamos cuando tenemos un pie afuera de la puerta de la casa de nuestros padres, pero todavía no nos atrevemos a abandonar el nido por completo.   

Me parece que muchos artistas se sienten atraídos al Marxismo no porque estén convencidos de que su modelo económico sea superior. Si no, porque sienten que si se adopta este sistema ellos dejarán de sufrir el dilema mental que ahora sufren. No van a tener que adaptar su arte a las necesidades comerciales para poder sobrevivir. Claro, todos tenemos que navegar esta realidad. No siempre las expresiones de nuestra alma tienen demanda en el mercado. Y esta ruptura causa mucha insatisfacción, especialmente en el artista. 

Pero la paradoja se vuelve más crucial cuando el artista alcanza un éxito crítico. Tomemos a un músico, por ejemplo. Es común escuchar de los early adapters de un grupo musical que este se ha “vendido”. Ha renunciado a sus raíces por la “fama”. Esto es inevitable. Cuando el músico alcanza la masa crítica su estatus de artista se solidifica. Pero ya no hay vuelta atrás. Ahora la cultivación de esa masa crítica es el único camino. Las masas han elevado al artista a un super status y ahora este buscará aún mayor elevación por medio de su apoyo. Las masas lo hacen rico, pero las masas también destruyen su arte.  

Ahora, no todo está perdido, hay varias soluciones para este dilema.  

En primer lugar, está la opción del “artista a tiempo parcial”. En las mañanas cumples con las exigencias del mercado, te adaptas al algoritmo de la sociedad. Y en las noches cumples con las exigencias del alma. Tu empleo, o actividad comercial, te ofrece suficientes ingresos mientras que tu arte se vuelve más un vehículo de trascendencia que una necesidad económica. El mode de vie de innumerables creativos. Kafka, Vonnegut, Trollope, Rothko, y muchos otros creativos tuvieron un empleo.  

Muchos escritores europeos trabajaban en el servicio civil. Empleos seguros, con beneficios sociales, que les permitían dedicar su tiempo a escribir cuando no estaban en la oficina. Mezclaban una actividad segura y aburrida, con una altamente riesgosa e interesante.  

La desventaja de este abordaje es que cabe la posibilidad de que detestes tu empleo. Como dijo Kafka:  

“Mi trabajo me resulta insoportable porque entra en conflicto con mi único deseo y mi única vocación, que es la literatura. Como no soy más que literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa, mi trabajo nunca se apoderará de mí, pero puede, sin embargo, destrozarme por completo, y esto no es una posibilidad remota”. 

Para los que no quieren servir a dos amos a la vez, está la opción de vivir a tiempo completo de tu arte. El internet lo ha hecho más sencillo. Le ha abierto la ventana a los artistas de compartir su trabajo y ser remunerados. El “gatekeeper” o guardabarrera entre creador y consumidor ha perdido relevancia. Hace 30 años la única manera que puedas leer este artículo es si un medio de comunicación lo hubiese considerado lo suficientemente digno de ser publicado. Ahora la única persona que toma esa decisión eres tú. Si piensas que tienes algo interesante que decir, y no tienes reservas de publicar tu articulo potencialmente millones de personas lo pueden leer.  

¿Espera… millones de personas? Volvemos entonces a la ley de la masa crítica. Si lo que escribes solo lo lee tu mama y dos personas más no vas a poder subsistir de escribir, no importa cuánto te esmeres en colocar que eres “escritor” en todas tus redes sociales. Inclusive en la era del internet para vivir de tu arte necesitas ser aceptado por la masa crítica. 

Parece que no hay escape de esta paradoja, pero los artistas son expertos transformando tortura en creación. El mismo Kafka, quien detestaba su trabajo, lo usó como inspiración para escribir El Proceso y La Metamorfosis, dos de sus obras más emblemáticas.   

La tortura es el motor de las grandes obras. Inspira a seguir creando…así que bienvenida sea.  

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